Escribir; todo lo que
hago, todo lo que amo; minuto a hora, semana a mes.
Letra a letra, palabra
a palabra.
El aroma de la tinta,
el tacto y el sonido del papel, su olor también; me dejo envolver por ellos,
lejos de la realidad.
Las historias fluyen,
me dominan; son sueños plasmados, viajes que no viviré jamás, pero que describo
como propios.
Me siento pleno.
Minuto a hora, semana a
mes, escribo sin cesar, hasta que el fin llega; la sequía de mi mente ha dejado
en nada el lago de mis ideas.
La aridez de mi mente
me hace desesperar, y la agonía me ahoga, asfixiándome entre hojas en blanco
que no logro rellenar.
El odio me abruma, odio
hacia mí incompetencia; «¿por qué no
logro escribir nada?», es mi nuevo mantra.
Tras mis noches en vela
y mis días de angustia, decido salir de casa; lugar pequeño y sombrío que ya no
me trae paz, que ya no me inspira.
Visito a un viejo
amigo, o conocido mejor. Las conversaciones banales no logran alejarme de mis
pesares.
—Ya te saldrá —me dice
confiado, arrancando de mí una mirada que no es más que duda pura; «¿y sí ya no tengo nada en mi cabeza? ¿Y sí
ya no tengo nada que mostrar?».
—Llevo días atascado, y
a ti, ¿cómo te va? —pregunto sin interés, más no me importan los demás, es mi
problema mi prioridad.
—Mejor; escribiendo de
todo un poco y sin descansos.
«Te envidio. Rabia me da, yo soy mejor escritor que tú, yo merezco esas
ideas». Suspiro, miro a la nada, con cautela en mis palabras logro
contestar:
—Necesito ideas nuevas,
¿de dónde las sacas?
—No sabría qué decir,
están ahí, en mi cabeza —responde sonriente, asqueándome con tanta amabilidad.
Mi mente, mi «yo»,
desaparece.
—En… tu… «¿Qué habrá dentro de su testa?».
No sé qué ocurrió, cómo
lo hice; la sangre empapó mis manos, su cráneo abierto me horrorizó, pero las
atrapé, sus ideas fueron mías cuando las vi recorrer su cerebro, escritas y
vivas aún; devorarlas para hacerlas mías fue mi opción.
Y escribí al fin.
Ahora mi mente rebosa;
las ideas me embisten con fuerza la mano para que las deje escapar, para que
las llegue a plasmar.
Esa nube turbia y
espesa que cegaba mi ser, esos pensamientos angustiosos han desaparecido, se
esfumaron como la niebla tras una ráfaga de aire inspirador.
Y los minutos se
volvieron horas, y éstas en semanas, pero no en meses.
Había encontrado una
fuente de pensamientos, y escribía sin descanso, pero, como toda fuente, si no
llueve se seca.
—¡¿Por qué me bloqueé
de nuevo?!
La furia me hace tirar
una montaña de papel virgen al suelo. No lo aguanto, deseo hacer lo único que
me llena, lo único que me hace feliz; escribir.
La luz se ha encendido,
la solución se ha mostrado en una imagen de muerte, teñida de carmesí; he de
robar ideas, he de abrir otro cráneo.
Arrastrado por esa obsesión
me presento en casa de otro conocido.
El horror se repite, el
mal me invade; la sangre gotea, muriendo, gota a gota, sobre un charco
bermellón, nacido de otra cabeza abierta, donde veo las ideas corretear sobre
el cerebro descubierto, y yo he de atraparlas; devorarlas para que no se
pierdan en la sangre, en la muerte de un hombre que no es más que un saco de
carne sin derecho a una mente llena, porque yo necesito lo que él no sabía
usar, lo que no sabía plasmar.
Cruda la carne, llena
de ideas, me la como bocado a bocado, dejando que todo lo que no era mío, me
inspire.
Me regocijo al llegar a
mi morada; escribo y escribo mieles de letras que forman palabras, palabras que
construyen las historias más bellas que jamás imaginé.
Pero todo lo bueno dura
poco, y como una droga, mi cuerpo parece haberse acostumbrado, esta vez la
inspiración ha durado menos, y me he topado con otro muro infernal.
—No tengo más remedio,
he de escribir, sea cual sea el costo.
Y cuanto más escribía
más muertes aparecían en el telediario.
El reflejo en el espejo
de mi baño no se parece a mí; demacrado, pálido, ojeras y cansancio bañan y
forman mi faz.
Las cabezas abiertas,
la sangre tiñendo mi mundo; imágenes que me persiguen por las noches,
provocando que el descanso me eluda, pero regalándome miles de historias, todas
ellas cada día más sombrías, perdiendo la belleza de colores, pero amaneciendo
majestuosas en las tinieblas.
La locura se apoderaba
de mí.
Las dosis de ideas
frescas las necesito con más habitualidad, ya apenas me duran horas.
—¡Más! ¡Necesito muchas
más! —exclamó angustiado, perdido en mi desesperanza.
Y salía a la caza de
más ideas.
Ya no eran sólo
escritores, todos los artistas que conocía sucumbían a mis ansias de robar, o
mejor dicho, de devorar sus planteamientos, sus bocetos mentales.
Y minuto a hora, semana
a mes, me convertí en ser adicto a las ideas ajenas, robadas de sus cabezas y engullidas
luego; de mi garganta a mi testa, de mi testa al papel.
Pero ya no soy dueño de
mi mente.
Me he vuelto torpe;
dejo huellas, pistas que llevan a mí.
Y por eso la puerta ha
sonado, aunque yo no he llegado a entender que es el fin de mi periplo.
Los policías entran;
«¡las manos tras la nuca!», una orden sencilla que no acato, mi lucidez es nula
ya.
El cuchillo brilla, sin
filo y mellado, en la mano; amenacé con él y ni me he dado cuenta.
En la oscura
habitación, los fogonazos de las armas resplandecen como fuegos artificiales.
El olor a pólvora borra el del papel y la tinta, mezclándose con el de la
sangre; mi sangre.
Algunas hojas caen
junto a mí cuando me desplomo. Quedan teñidas y mojadas en mi líquido vital,
disipándose algunos de mis textos; «mis
pequeños, mis relatos… no quiero que mueran conmigo», pienso antes de
perderme en una oscuridad que casi me había envuelto en totalidad.
Frío.
Silencio.
Y las ideas se
perdieron junto a mi cuerpo, inerte y helado, que se quedó en el suelo, rodeado
de aquello que más amaba, mis textos, mi escritura… Mis ideas…

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