sábado, 21 de abril de 2018

Atrapada en el espejo

   No me parecía buena idea pero, aún así, lo hice; seguí a mis amigos hasta aquella casa vieja, mugrienta y abandonada.
Miles de leyendas corrían por el pueblo, pero éramos jóvenes y estúpidos, y no creíamos en fantasmas.
Cuando crucé el umbral de la puerta sentí que todo saldría mal. Mi alama gritaba para avisarme, y no hice caso. Pese a ser verano el frío era abrumador, tanto que la piel se me erizó. Sentía en mi nuca el aliento gélido de ojos invisibles observándome. Pero pensé, como todos en esos casos, que no eran más que imaginaciones mías; nervios y nada más.
Anduvimos por la vivienda todos juntos. Estaba sucia y apestaba a humedad. Las maderas del suelo crujían a cada paso. El papel de pared colgaba rasgado y manchado.
La noche sería larga. Mis amigos, no pensando mucho en lo que hacían, decidieron ir más allá de simplemente recorrer aquel inhóspito lugar. Todos decidieron separarse y dirigirse a una estancia diferente de la casa; el juego consistiría en ver quien aguantaba más a solas en una habitación oscura.
Yo no quería parecer una cobarde. Mi parte racional me repetía que los fantasmas no existían, pero el sentimiento que predominaba en mi ser era el de salir corriendo de allí.
Me tocó el desván; repleto de mugre, telarañas, polvo y muchos trastos viejos.
Con el teléfono móvil iluminé el pequeño cuarto. La luz de la luna entraba por un par de ventanas circulares. El viento se colaba por ellas; los cristales estaban rotos, y la corriente dejaba en el ambiente pequeños silbidos.
Me coloqué en el centro, observando todo. Había un armario antiguo al final, me pareció extraño que se encontrara solo, porque el resto de la habitación estaba a rebosar de tratos; jaulas, baúles, muebles de toda índole, lámparas, e incluso un decorado espejo de pie que reflejaba, con precisión, el tosco y gran armario.
Apagué la luz de mi móvil. La prueba era estar a oscuras, aunque la luna iluminaba suficiente. Mis ojos se adaptaron a la penumbra tras unos minutos.
No sabría decir qué era; nervios, miedo, impaciencia o las tres juntas, pero mi cuerpo empezó a sentirse rígido. Miraba a mí alrededor sin saber qué buscaba, pero me sentía observada; dejé de sentirme sola.
El frío dejó de ser un sueño; podía ver el vaho salir de mi boca. Empecé a temblar, y mi vello se erizó. El castañeo de mis dientes fue lo que me convenció para irme.
Con las manos, temblorosas y heladas, agarré torpemente mi teléfono, encendí la luz del flash a modo de linterna y, con prisas, me dirigí a la trampilla para bajar las escaleras y escapar de allí.
A medio camino, el terror recorrió mi cuerpo, como la misma sangre que inunda mis venas. Los objetos apilados cayeron ante mí, arrancándome un grito de la impresión.
Oía mi propio corazón en la cabeza; latía tan fuerte que creí que estallaría. La respiración se aceleró tanto que el aire no llegaba como debía a mis pulmones, y un leve mareo se apoderó de mis sentidos.
Aparté todo lo que pude para seguir avanzando y escapar. Cuando logré retirar los obstáculos, que obstruían mi camino, lo vi, en el espejo, un reflejo aterrador que heló mi sangre, mi cuerpo y mi alma.
La silueta de una mujer apareció saliendo del armario. La puerta se abría con lentitud y la figura, aún cubierta en sombras, se movía dentro del mueble.
—Oh…, Dios… mío —balbuceé aterrada.
Me paralicé ante el reflejo, sin poder evitar observar al ser que emergía de las tinieblas. Poco a poco, fui viendo, con más claridad, lo que se me iba mostrando; la luna la iluminó mientras se arrastraba por el suelo, emitiendo un sonido gutural que me arrancó un gemido de espanto. Arañaba el suelo mientras avanzaba, sus movimientos eran toscos y rígidos. Su cuerpo, de piel azulada, con los cabellos claros manchados de sangre, parecía tener las extremidades desencajadas. Su vestido de encaje, antaño blanco, ahora amarillento, mostraba los mismos tonos granate oscuro que la cabellera, ya que la sangre parecía haberse secado hacía mucho.
Giré el rostro, asustada, pero creyendo que mi cabeza jugaba conmigo. La puerta del armario estaba abierta, pero no había nada tras de mí. Y miré al espejo de nuevo.
Reaccioné cuando ya casi la tenía en cima en esa visión que el cristal me mostraba. Y con los ojos llorosos y voz gimoteante, pasé, con prisas y torpe, sobre los objetos que no había logrado retirar, y corrí hacia la salida, hacia la salvación.
Pero lejos de hallarla, me topé con la peor de las pesadillas; el reflejo, esa imagen que mostraba otra realidad, se deformó, y el ser, que antes me perseguía, se mostró ante mí en esa realidad paralela. Le vi el rostro; una faz siniestra y pálida, de ojos opacos, inundados en sangre. Sus labios morados temblaban mientras emitían el singular gruñido. Lentamente dio un paso, y luego otro, tras otro…
Se acercaba, y yo, perdida en el terror, logré que mi cuerpo tembloroso me hiciera caso. «Corre… ¡Corre!», me dije.
Mis zancadas me sacaron de ese espantoso lugar en unos segundos que se me hicieron eternos. Me volteé para bajar las empinadas escaleras, y la vi, salía del espejo, clavándome su fría mirada. Casi caí cuando nuestros ojos se encontraron. Era odio, era sed de sangre o venganza lo que me mostró.
Corrí y grité, llamaba a mis amigos, que, asustados e inquietos, salieron en mi busca.
Ni fuera de la casa logré sentirme tranquila. Aún en la calle, mirando a la ventana de la buhardilla, la vi, sin apartar sus ojos muertos de mí.
Jamás volví a acercarme a esa morada, ya que en mis pesadillas, en mis recuerdos y en cada reflejo, ese espectro seguía mirándome desde las sombras, observando impasible, acechándome desde el otro lado, desde el más allá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Para mi pequeño Castiel

¿Tendrían mis días el mismo sentido sin ti? Si algo defiendo en esta vida es la individualidad de la persona ante todo; una vida no pie...