No
me parecía buena idea pero, aún así, lo hice; seguí a mis amigos hasta aquella
casa vieja, mugrienta y abandonada.
Miles
de leyendas corrían por el pueblo, pero éramos jóvenes y estúpidos, y no
creíamos en fantasmas.
Cuando
crucé el umbral de la puerta sentí que todo saldría mal. Mi alama gritaba para
avisarme, y no hice caso. Pese a ser verano el frío era abrumador, tanto que la
piel se me erizó. Sentía en mi nuca el aliento gélido de ojos invisibles
observándome. Pero pensé, como todos en esos casos, que no eran más que
imaginaciones mías; nervios y nada más.
Anduvimos
por la vivienda todos juntos. Estaba sucia y apestaba a humedad. Las maderas
del suelo crujían a cada paso. El papel de pared colgaba rasgado y manchado.
La
noche sería larga. Mis amigos, no pensando mucho en lo que hacían, decidieron
ir más allá de simplemente recorrer aquel inhóspito lugar. Todos decidieron
separarse y dirigirse a una estancia diferente de la casa; el juego consistiría
en ver quien aguantaba más a solas en una habitación oscura.
Yo
no quería parecer una cobarde. Mi parte racional me repetía que los fantasmas
no existían, pero el sentimiento que predominaba en mi ser era el de salir
corriendo de allí.
Me
tocó el desván; repleto de mugre, telarañas, polvo y muchos trastos viejos.
Con
el teléfono móvil iluminé el pequeño cuarto. La luz de la luna entraba por un
par de ventanas circulares. El viento se colaba por ellas; los cristales
estaban rotos, y la corriente dejaba en el ambiente pequeños silbidos.
Me
coloqué en el centro, observando todo. Había un armario antiguo al final, me
pareció extraño que se encontrara solo, porque el resto de la habitación estaba
a rebosar de tratos; jaulas, baúles, muebles de toda índole, lámparas, e
incluso un decorado espejo de pie que reflejaba, con precisión, el tosco y gran
armario.
Apagué
la luz de mi móvil. La prueba era estar a oscuras, aunque la luna iluminaba
suficiente. Mis ojos se adaptaron a la penumbra tras unos minutos.
No
sabría decir qué era; nervios, miedo, impaciencia o las tres juntas, pero mi
cuerpo empezó a sentirse rígido. Miraba a mí alrededor sin saber qué buscaba,
pero me sentía observada; dejé de sentirme sola.
El
frío dejó de ser un sueño; podía ver el vaho salir de mi boca. Empecé a
temblar, y mi vello se erizó. El castañeo de mis dientes fue lo que me
convenció para irme.
Con
las manos, temblorosas y heladas, agarré torpemente mi teléfono, encendí la luz
del flash a modo de linterna y, con
prisas, me dirigí a la trampilla para bajar las escaleras y escapar de allí.
A
medio camino, el terror recorrió mi cuerpo, como la misma sangre que inunda mis
venas. Los objetos apilados cayeron ante mí, arrancándome un grito de la
impresión.
Oía
mi propio corazón en la cabeza; latía tan fuerte que creí que estallaría. La
respiración se aceleró tanto que el aire no llegaba como debía a mis pulmones,
y un leve mareo se apoderó de mis sentidos.
Aparté
todo lo que pude para seguir avanzando y escapar. Cuando logré retirar los
obstáculos, que obstruían mi camino, lo vi, en el espejo, un reflejo aterrador
que heló mi sangre, mi cuerpo y mi alma.
La
silueta de una mujer apareció saliendo del armario. La puerta se abría con
lentitud y la figura, aún cubierta en sombras, se movía dentro del mueble.
—Oh…,
Dios… mío —balbuceé aterrada.
Me
paralicé ante el reflejo, sin poder evitar observar al ser que emergía de las
tinieblas. Poco a poco, fui viendo, con más claridad, lo que se me iba mostrando;
la luna la iluminó mientras se arrastraba por el suelo, emitiendo un sonido gutural
que me arrancó un gemido de espanto. Arañaba el suelo mientras avanzaba, sus
movimientos eran toscos y rígidos. Su cuerpo, de piel azulada, con los cabellos
claros manchados de sangre, parecía tener las extremidades desencajadas. Su
vestido de encaje, antaño blanco, ahora amarillento, mostraba los mismos tonos
granate oscuro que la cabellera, ya que la sangre parecía haberse secado hacía
mucho.
Giré
el rostro, asustada, pero creyendo que mi cabeza jugaba conmigo. La puerta del
armario estaba abierta, pero no había nada tras de mí. Y miré al espejo de
nuevo.
Reaccioné
cuando ya casi la tenía en cima en esa visión que el cristal me mostraba. Y con
los ojos llorosos y voz gimoteante, pasé, con prisas y torpe, sobre los objetos
que no había logrado retirar, y corrí hacia la salida, hacia la salvación.
Pero
lejos de hallarla, me topé con la peor de las pesadillas; el reflejo, esa
imagen que mostraba otra realidad, se deformó, y el ser, que antes me
perseguía, se mostró ante mí en esa realidad paralela. Le vi el rostro; una faz
siniestra y pálida, de ojos opacos, inundados en sangre. Sus labios morados
temblaban mientras emitían el singular gruñido. Lentamente dio un paso, y luego
otro, tras otro…
Se
acercaba, y yo, perdida en el terror, logré que mi cuerpo tembloroso me hiciera
caso. «Corre… ¡Corre!», me dije.
Mis
zancadas me sacaron de ese espantoso lugar en unos segundos que se me hicieron
eternos. Me volteé para bajar las empinadas escaleras, y la vi, salía del espejo,
clavándome su fría mirada. Casi caí cuando nuestros ojos se encontraron. Era
odio, era sed de sangre o venganza lo que me mostró.
Corrí
y grité, llamaba a mis amigos, que, asustados e inquietos, salieron en mi
busca.
Ni
fuera de la casa logré sentirme tranquila. Aún en la calle, mirando a la
ventana de la buhardilla, la vi, sin apartar sus ojos muertos de mí.

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