«Tic-tac»,
suena el reloj; «Tic-tac», las doce ya son.
El niño en la cama descansa
tranquilo pero al rato despierta aún medio dormido.
«Ras-ras», se oye desde el
armario; «Ras-ras», en la puerta cerrada.
Los ruidos espantan al niño
despierto, pues del susto el sopor se ha desvanecido.
Callado e inquieto escruta la
estancia, más en la penumbra no vislumbra nada.
«Tac-tac», llaman por la
ventana; «Tac-tac», son las ramas que bailan; el aire las mece en la oscuridad
de la noche.
El niño, que tiembla, con la
sábana se cubre la cara.
Se repite valiente:
—No ha sido nada. —Pero ni él
mismo se cree sus palabras.
«Ras-ras», el armario no calla;
«Ras-ras», los arañazos no cesan y el pomo se queja, la puerta se abre y el
niño asustado no logra llamar a su madre.
—Es sólo un sueño —se dice
aterrado, pero en el silencio comprueba que los sonidos se van acercando.
«Crac-crac», el suelo que
habla; «Crac-crac», desde el armario el ruido ha nacido, lo que le indica que
algo ha salido.
El niño lloroso, paralizado por
el pavor, se cubre el cuerpo con la ropa de cama, se siente seguro bajo la
sábana o eso se dice queriendo parecer convencido.
«Crac-crac», algo se acerca;
«Crac-crac», el sonido lo desespera, más con el temblor la voz se le traba y de
su boca no sale nada.
El castañeo de sus dietes es lo
único que acompaña al ruido estridente que hacen las ramas arañando las ventanas.
«Crac-crac», el ruido se pierde
bajo la cama; «Crac-crac», lo que se mueve debajo del niño se encuentra y ahora
éste cierra los ojos pidiendo socorro.
Se hunde el colchón por un
lado, el pequeño cree que es una mano.
Sin pensar, valiente o idiota,
el niño se asoma tras la ropa.
Un sinfín de emociones le
invaden, más ninguna buena, pues ha visto lo que en la oscura noche le espera.

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