viernes, 15 de junio de 2018

Para mi pequeño Castiel

¿Tendrían mis días el mismo sentido sin ti?
Si algo defiendo en esta vida es la individualidad de la persona ante todo; una vida no pierde el sentido por estar ligada a otra, por más que el «amor romántico» diga lo contrario.
Aún así, y pese a eso, yo sé que tú le das algo especial a mi día a día.
Despertar contigo, hecho bolita, a mi lado es el mejor «buenos días» de cada mañana, aunque luego te emociones y termine yo sangrando tampoco me importa, sé que no eres consciente de ello, pero así son los juegos contigo.
No lo sabes, ni nunca lo sabrás, pero las malas lenguas llámalas personas dicen que das mala suerte; «negro» te llaman, como si eso fuera malo. Yo, aunque les ofenda, «idiotas» les llamo; ¿cómo va a atraer a la mala fortuna un color de pelo?
A la luz del sol se revela tu verdad; eres castaño, y se te ve cual bombón de chocolate bajo los rayos del astro rey.
También dicen que los que son como tú son malos; yo te miro a los ojos, verdes y resplandecientes, y sólo veo inocencia, a veces son ganas de jugar, pero sigue sin ser maldad, aunque seas un bestia con el resto de tu familia.
Eres bruto, pero tienes energía, esa energía que te da la juventud. Eres inquieto, pero ¿qué hay de malo en investigar el mundo? Un mundo pequeño, pues, por desgracia, no puedo sacarte de casa, ya que el verdadero mundo es demasiado peligros para ti; no sólo porque eres pequeño o no entiendes cómo funciona, también por tu color, porque así de loco está el mundo que te niego.
Pero, de todo lo que eres, lo que más me gusta es que eres cariños, pura bondad sale de ti; cuidarme como tú lo haces cuando enfermo, eso, el resto de personas ni se lo creen.
Siempre pegado a mí, eres mi sombra, aunque yo te llame «Sombra de Mordor» cuando te portas asilvestradamente, pero no me importa, me divierto tanto contigo... Nadie me saca tantas risas como tú.
De como eres, en definitiva, no cambiaría nada; aunque te diga que tu barbillita es rara, o tu naricita, aunque te llamo «negro» con todo el cariño del mundo aunque no lo seas, aunque te llame bestia o salvaje por lo bruto que eres...
Todo me da igual...
Para mí, eres perfecto.

miércoles, 2 de mayo de 2018

El ladrón de ideas


Escribir; todo lo que hago, todo lo que amo; minuto a hora, semana a mes.
Letra a letra, palabra a palabra.
El aroma de la tinta, el tacto y el sonido del papel, su olor también; me dejo envolver por ellos, lejos de la realidad.
Las historias fluyen, me dominan; son sueños plasmados, viajes que no viviré jamás, pero que describo como propios.
Me siento pleno.
Minuto a hora, semana a mes, escribo sin cesar, hasta que el fin llega; la sequía de mi mente ha dejado en nada el lago de mis ideas.
La aridez de mi mente me hace desesperar, y la agonía me ahoga, asfixiándome entre hojas en blanco que no logro rellenar.
El odio me abruma, odio hacia mí incompetencia; «¿por qué no logro escribir nada?», es mi nuevo mantra.
Tras mis noches en vela y mis días de angustia, decido salir de casa; lugar pequeño y sombrío que ya no me trae paz, que ya no me inspira.
Visito a un viejo amigo, o conocido mejor. Las conversaciones banales no logran alejarme de mis pesares.
—Ya te saldrá —me dice confiado, arrancando de mí una mirada que no es más que duda pura; «¿y sí ya no tengo nada en mi cabeza? ¿Y sí ya no tengo nada que mostrar?».
—Llevo días atascado, y a ti, ¿cómo te va? —pregunto sin interés, más no me importan los demás, es mi problema mi prioridad.
—Mejor; escribiendo de todo un poco y sin descansos.
«Te envidio. Rabia me da, yo soy mejor escritor que tú, yo merezco esas ideas». Suspiro, miro a la nada, con cautela en mis palabras logro contestar:
—Necesito ideas nuevas, ¿de dónde las sacas?
—No sabría qué decir, están ahí, en mi cabeza —responde sonriente, asqueándome con tanta amabilidad.
Mi mente, mi «yo», desaparece.
—En… tu… «¿Qué habrá dentro de su testa?».
No sé qué ocurrió, cómo lo hice; la sangre empapó mis manos, su cráneo abierto me horrorizó, pero las atrapé, sus ideas fueron mías cuando las vi recorrer su cerebro, escritas y vivas aún; devorarlas para hacerlas mías fue mi opción.
Y escribí al fin.
Ahora mi mente rebosa; las ideas me embisten con fuerza la mano para que las deje escapar, para que las llegue a plasmar.
Esa nube turbia y espesa que cegaba mi ser, esos pensamientos angustiosos han desaparecido, se esfumaron como la niebla tras una ráfaga de aire inspirador.
Y los minutos se volvieron horas, y éstas en semanas, pero no en meses.
Había encontrado una fuente de pensamientos, y escribía sin descanso, pero, como toda fuente, si no llueve se seca.
—¡¿Por qué me bloqueé de nuevo?!
La furia me hace tirar una montaña de papel virgen al suelo. No lo aguanto, deseo hacer lo único que me llena, lo único que me hace feliz; escribir.
La luz se ha encendido, la solución se ha mostrado en una imagen de muerte, teñida de carmesí; he de robar ideas, he de abrir otro cráneo.
Arrastrado por esa obsesión me presento en casa de otro conocido.
El horror se repite, el mal me invade; la sangre gotea, muriendo, gota a gota, sobre un charco bermellón, nacido de otra cabeza abierta, donde veo las ideas corretear sobre el cerebro descubierto, y yo he de atraparlas; devorarlas para que no se pierdan en la sangre, en la muerte de un hombre que no es más que un saco de carne sin derecho a una mente llena, porque yo necesito lo que él no sabía usar, lo que no sabía plasmar.
Cruda la carne, llena de ideas, me la como bocado a bocado, dejando que todo lo que no era mío, me inspire.
Me regocijo al llegar a mi morada; escribo y escribo mieles de letras que forman palabras, palabras que construyen las historias más bellas que jamás imaginé.
Pero todo lo bueno dura poco, y como una droga, mi cuerpo parece haberse acostumbrado, esta vez la inspiración ha durado menos, y me he topado con otro muro infernal.
—No tengo más remedio, he de escribir, sea cual sea el costo.
Y cuanto más escribía más muertes aparecían en el telediario.
El reflejo en el espejo de mi baño no se parece a mí; demacrado, pálido, ojeras y cansancio bañan y forman mi faz.
Las cabezas abiertas, la sangre tiñendo mi mundo; imágenes que me persiguen por las noches, provocando que el descanso me eluda, pero regalándome miles de historias, todas ellas cada día más sombrías, perdiendo la belleza de colores, pero amaneciendo majestuosas en las tinieblas.
La locura se apoderaba de mí.
Las dosis de ideas frescas las necesito con más habitualidad, ya apenas me duran horas.
—¡Más! ¡Necesito muchas más! —exclamó angustiado, perdido en mi desesperanza.
Y salía a la caza de más ideas.
Ya no eran sólo escritores, todos los artistas que conocía sucumbían a mis ansias de robar, o mejor dicho, de devorar sus planteamientos, sus bocetos mentales.
Y minuto a hora, semana a mes, me convertí en ser adicto a las ideas ajenas, robadas de sus cabezas y engullidas luego; de mi garganta a mi testa, de mi testa al papel.
Pero ya no soy dueño de mi mente.
Me he vuelto torpe; dejo huellas, pistas que llevan a mí.
Y por eso la puerta ha sonado, aunque yo no he llegado a entender que es el fin de mi periplo.
Los policías entran; «¡las manos tras la nuca!», una orden sencilla que no acato, mi lucidez es nula ya.
El cuchillo brilla, sin filo y mellado, en la mano; amenacé con él y ni me he dado cuenta.
En la oscura habitación, los fogonazos de las armas resplandecen como fuegos artificiales. El olor a pólvora borra el del papel y la tinta, mezclándose con el de la sangre; mi sangre.
Algunas hojas caen junto a mí cuando me desplomo. Quedan teñidas y mojadas en mi líquido vital, disipándose algunos de mis textos; «mis pequeños, mis relatos… no quiero que mueran conmigo», pienso antes de perderme en una oscuridad que casi me había envuelto en totalidad.
Frío.
Silencio.
Y las ideas se perdieron junto a mi cuerpo, inerte y helado, que se quedó en el suelo, rodeado de aquello que más amaba, mis textos, mi escritura… Mis ideas…

domingo, 22 de abril de 2018

En la madrugada


«Tic-tac», suena el reloj; «Tic-tac», las doce ya son.
El niño en la cama descansa tranquilo pero al rato despierta aún medio dormido.
«Ras-ras», se oye desde el armario; «Ras-ras», en la puerta cerrada.
Los ruidos espantan al niño despierto, pues del susto el sopor se ha desvanecido.
Callado e inquieto escruta la estancia, más en la penumbra no vislumbra nada.
«Tac-tac», llaman por la ventana; «Tac-tac», son las ramas que bailan; el aire las mece en la oscuridad de la noche.
El niño, que tiembla, con la sábana se cubre la cara.
Se repite valiente:
—No ha sido nada. —Pero ni él mismo se cree sus palabras.
«Ras-ras», el armario no calla; «Ras-ras», los arañazos no cesan y el pomo se queja, la puerta se abre y el niño asustado no logra llamar a su madre.
—Es sólo un sueño —se dice aterrado, pero en el silencio comprueba que los sonidos se van acercando.
«Crac-crac», el suelo que habla; «Crac-crac», desde el armario el ruido ha nacido, lo que le indica que algo ha salido.
El niño lloroso, paralizado por el pavor, se cubre el cuerpo con la ropa de cama, se siente seguro bajo la sábana o eso se dice queriendo parecer convencido.
«Crac-crac», algo se acerca; «Crac-crac», el sonido lo desespera, más con el temblor la voz se le traba y de su boca no sale nada.
El castañeo de sus dietes es lo único que acompaña al ruido estridente que hacen las ramas arañando las ventanas.
«Crac-crac», el ruido se pierde bajo la cama; «Crac-crac», lo que se mueve debajo del niño se encuentra y ahora éste cierra los ojos pidiendo socorro.
Se hunde el colchón por un lado, el pequeño cree que es una mano.
Sin pensar, valiente o idiota, el niño se asoma tras la ropa.
Un sinfín de emociones le invaden, más ninguna buena, pues ha visto lo que en la oscura noche le espera.

sábado, 21 de abril de 2018

Atrapada en el espejo

   No me parecía buena idea pero, aún así, lo hice; seguí a mis amigos hasta aquella casa vieja, mugrienta y abandonada.
Miles de leyendas corrían por el pueblo, pero éramos jóvenes y estúpidos, y no creíamos en fantasmas.
Cuando crucé el umbral de la puerta sentí que todo saldría mal. Mi alama gritaba para avisarme, y no hice caso. Pese a ser verano el frío era abrumador, tanto que la piel se me erizó. Sentía en mi nuca el aliento gélido de ojos invisibles observándome. Pero pensé, como todos en esos casos, que no eran más que imaginaciones mías; nervios y nada más.
Anduvimos por la vivienda todos juntos. Estaba sucia y apestaba a humedad. Las maderas del suelo crujían a cada paso. El papel de pared colgaba rasgado y manchado.
La noche sería larga. Mis amigos, no pensando mucho en lo que hacían, decidieron ir más allá de simplemente recorrer aquel inhóspito lugar. Todos decidieron separarse y dirigirse a una estancia diferente de la casa; el juego consistiría en ver quien aguantaba más a solas en una habitación oscura.
Yo no quería parecer una cobarde. Mi parte racional me repetía que los fantasmas no existían, pero el sentimiento que predominaba en mi ser era el de salir corriendo de allí.
Me tocó el desván; repleto de mugre, telarañas, polvo y muchos trastos viejos.
Con el teléfono móvil iluminé el pequeño cuarto. La luz de la luna entraba por un par de ventanas circulares. El viento se colaba por ellas; los cristales estaban rotos, y la corriente dejaba en el ambiente pequeños silbidos.
Me coloqué en el centro, observando todo. Había un armario antiguo al final, me pareció extraño que se encontrara solo, porque el resto de la habitación estaba a rebosar de tratos; jaulas, baúles, muebles de toda índole, lámparas, e incluso un decorado espejo de pie que reflejaba, con precisión, el tosco y gran armario.
Apagué la luz de mi móvil. La prueba era estar a oscuras, aunque la luna iluminaba suficiente. Mis ojos se adaptaron a la penumbra tras unos minutos.
No sabría decir qué era; nervios, miedo, impaciencia o las tres juntas, pero mi cuerpo empezó a sentirse rígido. Miraba a mí alrededor sin saber qué buscaba, pero me sentía observada; dejé de sentirme sola.
El frío dejó de ser un sueño; podía ver el vaho salir de mi boca. Empecé a temblar, y mi vello se erizó. El castañeo de mis dientes fue lo que me convenció para irme.
Con las manos, temblorosas y heladas, agarré torpemente mi teléfono, encendí la luz del flash a modo de linterna y, con prisas, me dirigí a la trampilla para bajar las escaleras y escapar de allí.
A medio camino, el terror recorrió mi cuerpo, como la misma sangre que inunda mis venas. Los objetos apilados cayeron ante mí, arrancándome un grito de la impresión.
Oía mi propio corazón en la cabeza; latía tan fuerte que creí que estallaría. La respiración se aceleró tanto que el aire no llegaba como debía a mis pulmones, y un leve mareo se apoderó de mis sentidos.
Aparté todo lo que pude para seguir avanzando y escapar. Cuando logré retirar los obstáculos, que obstruían mi camino, lo vi, en el espejo, un reflejo aterrador que heló mi sangre, mi cuerpo y mi alma.
La silueta de una mujer apareció saliendo del armario. La puerta se abría con lentitud y la figura, aún cubierta en sombras, se movía dentro del mueble.
—Oh…, Dios… mío —balbuceé aterrada.
Me paralicé ante el reflejo, sin poder evitar observar al ser que emergía de las tinieblas. Poco a poco, fui viendo, con más claridad, lo que se me iba mostrando; la luna la iluminó mientras se arrastraba por el suelo, emitiendo un sonido gutural que me arrancó un gemido de espanto. Arañaba el suelo mientras avanzaba, sus movimientos eran toscos y rígidos. Su cuerpo, de piel azulada, con los cabellos claros manchados de sangre, parecía tener las extremidades desencajadas. Su vestido de encaje, antaño blanco, ahora amarillento, mostraba los mismos tonos granate oscuro que la cabellera, ya que la sangre parecía haberse secado hacía mucho.
Giré el rostro, asustada, pero creyendo que mi cabeza jugaba conmigo. La puerta del armario estaba abierta, pero no había nada tras de mí. Y miré al espejo de nuevo.
Reaccioné cuando ya casi la tenía en cima en esa visión que el cristal me mostraba. Y con los ojos llorosos y voz gimoteante, pasé, con prisas y torpe, sobre los objetos que no había logrado retirar, y corrí hacia la salida, hacia la salvación.
Pero lejos de hallarla, me topé con la peor de las pesadillas; el reflejo, esa imagen que mostraba otra realidad, se deformó, y el ser, que antes me perseguía, se mostró ante mí en esa realidad paralela. Le vi el rostro; una faz siniestra y pálida, de ojos opacos, inundados en sangre. Sus labios morados temblaban mientras emitían el singular gruñido. Lentamente dio un paso, y luego otro, tras otro…
Se acercaba, y yo, perdida en el terror, logré que mi cuerpo tembloroso me hiciera caso. «Corre… ¡Corre!», me dije.
Mis zancadas me sacaron de ese espantoso lugar en unos segundos que se me hicieron eternos. Me volteé para bajar las empinadas escaleras, y la vi, salía del espejo, clavándome su fría mirada. Casi caí cuando nuestros ojos se encontraron. Era odio, era sed de sangre o venganza lo que me mostró.
Corrí y grité, llamaba a mis amigos, que, asustados e inquietos, salieron en mi busca.
Ni fuera de la casa logré sentirme tranquila. Aún en la calle, mirando a la ventana de la buhardilla, la vi, sin apartar sus ojos muertos de mí.
Jamás volví a acercarme a esa morada, ya que en mis pesadillas, en mis recuerdos y en cada reflejo, ese espectro seguía mirándome desde las sombras, observando impasible, acechándome desde el otro lado, desde el más allá.

Para mi pequeño Castiel

¿Tendrían mis días el mismo sentido sin ti? Si algo defiendo en esta vida es la individualidad de la persona ante todo; una vida no pie...